lunes, 26 de junio de 2017

LA PUERTA DE LOS HOMBRES

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   Lo llaman la Noche de San Juan, pero el solsticio de verano, la noche más corta del año, ha tenido muchos nombres. Uno de ellos fue La Puerta de los Hombres. Descubre por qué...

LA PUERTA DE LOS HOMBRES

   Pudo suceder en cualquier pueblo del Mediterráneo, pero no otra noche que no fuera víspera de San Juan.


  Eusebio Montemayor hojeaba un libro del que solo miraba las ilustraciones; humedeciéndose la yema del dedo antes de pasar cada página. Eso hacía ese anciano en el sanatorio, acostado en su cama, mientras las gentes del pueblo celebraban la verbena.

   Poco antes de la medianoche apareció, en el umbral de la puerta, una figura cuyo aspecto, extraño y enigmático, le asemejaba a un espectro. Negra era su gabardina y negro su sombrero de alas; negros eran sus guantes y el pañuelo con el que cubría su cara.

   —¿Me permites entrar? —preguntó la figura con un acento afectado que parecía recordar a todos los idiomas del mundo.

   —Bartolomé, hace tres noches que acompañas mis horas de vigilia ¿y todavía lo preguntas? Dime, ¿qué historias vas a contarme hoy? ¿Me hablarás de cómo el Macedonio sitió la ciudad de Tiro? ¿O tal vez de la entrada del primer elefante blanco en Aquisgrán?

    La figura negra cruzó la habitación de paredes blancas hasta situarse frente a la cama del anciano.

   —Con gusto te contaría esas y otras historias olvidadas en el tiempo, pero hoy es noche de fiesta y quiero que me acompañes a ver la jarana.

   —¡Pero qué locura me propones! ¿No ves mi estado?

  —Esa muleta apoyada en la pared me dice que andar puedes y mi hombro todavía es fuerte para servir de apoyo.

   —Aunque así fuera, está prohibido a los internos salir del sanatorio más allá de las diez de la noche.

   —Lejanas risas y tintineos de copas me hacen pensar que los enfermeros no serán obstáculo.

   —No insistas, nunca he sido hombre de fiestas —dijo Eusebio perdiendo la mirada en la portada del libro.

   —¿Y de qué has sido hombre entonces?

   —¿A dónde quieres llegar? No soy yo quien cubre su rostro y se viste de negro.

  —Lamento si te he importunado. —Bartolomé se sentó en el borde de la cama. A la habitación llegaba un eco de algarabía y música—. Mi único propósito es darte la oportunidad de redimir tu pecado.

   —¡Insolente! ¿Qué sabes de mí? ¡Jamás hice mal a nadie! Nada en mi vida puede merecer el menor reproche.

   —Y sin embargo cometiste el peor de los pecados. —Bartolomé se levantó y cogió la muleta—. Si vienes conmigo te lo mostraré, pero decídete rápido pues esta es la noche más corta del año y su provecho no admite demoras.


  Los recibió una cálida brisa. El humo de los petardos formaba halos en las luminarias de las escasas farolas que alumbraban el camino hasta el pueblo. El anciano se aferraba al brazo de Bartolomé como una novia llevada al altar.

  —Buena cosa dirá la gente de nosotros: un viejo del brazo de un espectro todo cubierto de negro.

  —¡No sufras, buen Eusebio! —dijo un sonriente Bartolomé—. Cosas más extrañas se ven hoy día. Es noche de verbena y sin duda el alcohol que corra por sus venas nos hará pasar desapercibidos.

  Así llegaron a la calle Mayor que se encontraba cubierta de coloridos banderines. La gente se arremolinaba en torno a los bares profiriendo estruendosas voces y carcajadas desmesuradas. El anciano los miró con desdén.

  —Si buscabas pecadores podrías haberte ahorrado llegar hasta el sanatorio. La gula y la lujuria te saltan a la cara con solo mirar a esos bulliciosos.

  —Ni esos, ni el resto de los Siete es tan grave como el que tú has cometido.

  —En verdad que desconozco qué clase de hechizo me obliga a seguirte.

  En esas, irrumpió un pasacalle de demonios y tragafuegos que danzaban bajo las bengalas al ritmo marcado por el tropel de tambores. Bartolomé quiso apartar a Eusebio hacía un lateral de la calle pero la horda los engulló y los separó. El anciano sintió ahogarse por el ruido y el humo. Perdió la muleta. Entre empellones, como una paloma moribunda, logró guarecerse en un portal. Se tapó los oídos pero el tronar de los tambores traspasaba sus manos.

   —¿Qué temes? ¿Acaso no es hermoso esto que presenciamos? —dijo Bartolomé cuando consiguió llegar al anciano.

   —¿Hermoso? Toda esta locura… ¡este caos que me martiriza! Te ruego que me saques de aquí.

  —No es caos lo que nos envuelve, fíjate bien. —Bartolomé acercó su mejilla al oído del anciano—. Son multitud de corazones latiendo bajo el mismo compás.

  Poco a poco, el séquito de tambores se alejó de aquella calle. Bartolomé recogió la muleta del suelo y ayudó a Eusebio a levantarse.

  —Vamos a la dehesa, allí hay música, baile y bebida. ¡Sin duda una copa de cava levantará tu ánimo!

  Cuando llegaron, la orquesta tocaba pasodobles y rumbas bajo los alegres farolillos y banderines que colgaban de los árboles. Había largos tablones, dispuestos a modo de mesas, sobre los que se encontraban botellas de cava y cocas cubiertas de fruta confitada. Bartolomé llenó dos copas y le ofreció una a su acompañante.

  —La medicación me impide beber —dijo Eusebio haciendo un gesto con la mano.

  —¡Por los cuernos del Minotauro! ¡Nadie se ha muerto por un poco de cava!

  Tras una procesión de objeciones, a las que Bartolomé supo dar buena réplica, Eusebio accedió a dar un sorbo a la espumosa bebida. Notó un repentino vigor en su cuerpo cansado. En ese instante, un petardo explotó a sus pies. Un niño se acercó pidiendo disculpas y, en compensación, le ofreció uno para explotarlo.

  —¡No te enojes y tíralo, amigo mío! ¡Haz que resuene como un volcán! —Le animó Bartolomé.

  El anciano encendió la mecha y lo lanzó contra el suelo. La explosión le hizo sentir una sensación de alegría que le pareció absurda. El niño le quiso ofrecer otro pero en su bolsa solo quedaba uno más. Eusebio rebuscó en su bolsillo y le dio un billete de diez euros.

   —Anda, cómprate más.

   El crío le dio las gracias y se marchó con sus amigos exhibiendo el billete como un trofeo.

   Entre el cava y la música fue transcurriendo la noche. Eusebio sonreía con la retahíla de chistes que se animaron a contar dos ancianas con las que compartía mesa. Los chavales que con su billete habían comprado nuevos petardos le ofrecían, de tanto en tanto, alguno para que lo explotara. Bartolomé asombraba con sus dotes de danzarín en la zona de baile.

   Así pasaron la verbena hasta que la orquesta dejó de tocar.

  —Sin duda tus talentos no tienen límite —dijo Eusebio a su compañero de fiesta cuando, agotado, se sentó a su lado.

  —No es talento, sino años… muchos años.

 —Los que ya no me quedan a mí. —Eusebio apartó la mirada hacia la mesa y cogió una copa de cava que se llevó con pulso tembloroso a los labios, tras apenas mojárselos continuó:— Dime, ¿es acaso la envidia mi pecado? ¿Qué otra cosa puede explicar esta aflicción que me ahoga al contemplar los besos de los adolescentes, el baile de aquel padre con su hija o aquellos ancianos cogidos de la mano?

  —Es desesperación, pues ahora que tu camino termina es cuando lamentas los pasos que no has dado.

   Eusebio se quedó en silencio, apuró su copa y rompió a llorar. Bartolomé lo abrazó.

  —¿Te das cuenta al fin del alcance de tu pecado? ¿Comprendes en este instante que no lo hay mayor que entregar tu vida a la Melancolía? —Bartolomé se separó de Eusebio y se puso en pie como impulsado por muelles—. ¡Pero detén tu llanto! Pues esta es la noche de redención. Levántate una vez más y busquemos una hoguera donde puedas arrojarla.

   A su paso, reiniciaron la marcha hacia un sendero que atravesaba un boscaje de olmos que llevaba a la playa. Atrás quedaron el bullicio y la música. La luz de la Luna dibujaba fantasmagóricas figuras sobre el suelo. Se olía a tomillo y romero. Una mujer grababa una cruz sobre el tronco de un árbol, otras recogían helechos y hierbabuena.

  —Esas mujeres que ves preparan ritos de amor —dijo Bartolomé—. La vida es corta y única por eso deseamos que sea perfecta. Pero siempre falta algo, amor, suerte, inocencia…

  —¿Y a ti, Bartolomé? ¿Qué es lo que te falta? ¿Por qué vistes de negro?

  La figura negra suspiró, con la vista puesta en el horizonte donde unos tonos rojizos anunciaban la playa flamígera.

   —La mujer, a quien prometí amor eterno, falleció la semana pasada —respondió sin apartar la vista del camino.

   —¿Y aun así tienes ánimo para celebraciones? En verdad que eres un ser peculiar.

   Unos matorrales limitaban el final de la vereda, el rumor de las olas del mar parecía jugar un tango con unos cánticos hipnóticos.

  —Hace mucho, alguien se preguntó dónde se refugiaba el divino Sol que, tras esta noche, abandonaba los cielos. ¿Dónde iba su luz? —dijo Bartolomé dejando que el anciano se adelantara unos pasos.

  Eusebio se ayudó de la muleta para apartar la maleza. La imagen le estremeció. Incontables hogueras formaban columnas de fuego y humo que parecían unir Cielo y Tierra; a su alrededor, hombres y mujeres, convertidos en almas atormentadas, saltaban, danzaban buscando la luz como los ahogados el aire.

  —¡Míralos! Observa al Sol cruzar la Puerta de los hombres y penetrar en su espíritu. —Bartolomé, acercándose por detrás, apoyó su mano sobre el hombro del anciano—. ¿Qué penas lanzan al fuego? ¿Qué pecados no confesados alimentan esas llamas?

  Eusebio notó que la voz de su acompañante sonaba distinta pero fue, al volverse, cuando apenas consiguió ahogar un grito de espanto. Bartolomé se había despojado del pañuelo y descubierto su rostro, un espanto del que se desgajaba la piel de los pómulos, los labios colgaban de su barbilla, las bolsas de los ojos eran una mancha carmesí y la única oreja apenas se aguantaba por un hilo de carne.

  —¡Por todos los santos! ¿Quién eres? —Eusebio trastabilló al apartarse, hincándose su muleta en el costado al apoyarse.

  —¡He sido tantos hombres que ya no soy nadie! Una noche como ésta, hace miles de años, fui un niño que lloraba perdido en el desierto. Mis lamentos fueron escuchados y fue entonces que una serpiente emergió de las arenas. Me dijo que los dioses se habían conmovido por mi dolor. Sus palabras fueron: “Tú has sido el elegido para portar el don de la inmortalidad…

  —Pero, ¡tu piel, el horror de tu cara!

 —… y por él, en la Noche de la renovación, mudarás tu cuerpo cuando envejezca o enferme sin cura. Así será eternamente salvo que sea tu voluntad entregárselo a otro que lo acepte”. —La voz de Bartolomé sonaba cansada—. Es mi deseo que tú, Eusebio, lleves en adelante dicha gracia.

  Eusebio lo escuchaba perplejo. La imagen grotesca que se dirigía hacia él, la amargura de su voz, le hizo sentir que la tierra que pisaba perdía su firmeza, que los cielos parecían removerse, que la realidad había sido vuelta del revés.

  —No puedo dar crédito a tus palabras, pero si hubiera verdad en ellas, ¿qué razón tendrías para renunciar a dicho don?

  Bartolomé se sentó sobre la arena y haciendo extraños dibujos sobre la arena, le respondió:

  —Me he bañado en los ríos del Sáhara cuando era un vergel y me he perdido en sus arenas de fuego; fui rey de imperios olvidados y mendigué onzas de pan podrido; he admirado monumentos que ocultaban al Sol que hoy son pequeños cantos rodados en los ríos; escuché a Sócrates en el ágora y vi arder la Biblioteca de Alejandría; aprendí la Palabra de los labios del Nazareno y prendí fuego a herejes; vi a Miguel Ángel pintar la Capilla Sixtina; en la Santa María mis ojos contemplaron el Nuevo Mundo; he compartido orgías con Casanova y he sido santificado; he conocido la peste, la guerra y los placeres cortesanos; he prometido mil veces amor eterno y mil veces lo he enterrado. Todo eso he vivido y sin embargo, para mi alma, ya no es más que un grano de arena perdido en la inmensidad de lo que fue, es y será.

  Las palabras de Bartolomé se transformaron en imágenes que se agolpaban en la mente de Eusebio que, aferrado a su muleta, sintió la emoción de un explorador al alcanzar el Edén soñado:

  —Si ello fuera posible, apreciado Bartolomé, acepto tu carga, que es mi anhelo.

  Entonces, Bartolomé se levantó. Siseó y comenzó a hablar en un idioma que bien podría ser el primero de todos. Una tenue neblina emergió de la arena y, con ella, una serpiente. Erguida, fijó sus ojos en la figura vestida de negro, cimbreó su lengua bífida mordiéndole a continuación en el pecho. Después se volvió hacia un atónito Eusebio para clavar los colmillos en el suyo. Tras ello, desapareció bajo la playa.

  El anciano se derrumbó, revolviéndose entre horribles retortijones por la arena. Estiró el brazo buscando a Bartolomé que había conseguido ponerse en pie y le miraba con ternura:

   —Es ahora que muero cuando siento la emoción por el último beso dado. Gracias, amigo mío.

   Se dirigió con torpes pasos hasta la orilla. Con el agua mojando sus pies, levantó los brazos y miró al cielo; así se adentró en el Mediterráneo hasta que lo cubrió por entero.

  Eusebio se retorcía sobre la playa, sentía arder la piel y desmembrarse su cuerpo. Fueron unos instantes terribles hasta que el dolor desapareció.


FIN

¿Os atrevéis a abrirlo?


© David Rubio Sánchez. Texto y dibujo

domingo, 18 de junio de 2017

EL CASO DEL HOMBRE DESMONTADO

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  Han transcurrido muchos años desde el primer contacto con una civilización extraterrestre y es el momento de que empecemos a convivir con ellos. Se ha decidido que las primeras pruebas se realicen en pueblos pequeños, tranquilos. Controlables.

  Concordia pareció el lugar más indicado para llevar a los zorquianos.

  Quizá no fue una buena idea.

domingo, 11 de junio de 2017

¿CÓMO ATRAPAR A UN LECTOR... SIN PROPOSICIONES QUE NO PUEDA RECHAZAR? (y IV)

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   ¿Qué significa escribir con voz propia? Ángel Zapata en su libro La práctica del relato nos propuso cuatro pilares a tener en cuenta para que nuestros textos logren lo que todos queremos: atrapar al lector. En anteriores entregas os hablé de la Naturalidad, la Visibilidad y la Continuidad. En esta entrada cierro la serie con el pilar más complicado de conseguir: la Personalidad.

domingo, 4 de junio de 2017

CONCURSOS LITERARIOS QUE FINALIZAN EN JULIO 2017

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  ¿Qué tal vamos con ese calor? O con ese frío, según el continente desde el que estéis leyendo esta entrada. El caso es que nos acercamos, aunque no lo parezca, al período vacacional, que buena falta me hace. Pero dado que escribir no es un trabajo, salvo que vivas de ello, aquí van unas convocatorias que como siempre tienen en común que pueda participar todo el mundo y que el relato pueda ser enviado por mail.
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