domingo, 23 de octubre de 2016

VIAJE DE IDA

"BLOG DE RELATOS", "CONCURSO LA MANO FESTIVAL", "RELATO DE TERROR", "FANTASMAS", "ACCIDENTE COCHE", "RELATO DE MUERTE", "DAVID RUBIO SANCHEZ"




 
El reloj del salpicadero marcaba las dos en punto de la madrugada. Simón conducía, hipnotizado por la sucesión de las líneas blancas pintadas sobre la calzada. A su lado, dormía Ángela, su mujer, con la cabeza apoyada en el cristal y cubierta con una chaquetilla de punto.

    En el asiento trasero, Beatriz, la hermana pequeña de Ángela, se desperezó. Miró de soslayo a su derecha y palpó el tapizado. Al principio de forma sutil; después, nerviosa. Con la voz ronca, de recién despierta, preguntó:

   —¿Dónde está Guillermo?  
   —¿Dónde está Guillermo? —repitió Simón con un tono divertido, sin apartar la vista de la carretera—. Sigue durmiendo. Todavía nos queda un largo camino hasta el hotel.

   —Déjate de bromas, ¿por qué no está aquí? —volvió a insistir la joven arrimándose al asiento que ocupaba el conductor.

   —Joder, ¿qué pregunta es esa? —Simón giró la cabeza y una mueca de sorpresa se le dibujó en el rostro: su cuñado no acompañaba a Beatriz en el asiento trasero. Desconcertado, descuidó el dominio del volante y el coche viró de forma abrupta hacia la derecha. Al volver la vista a la carretera pisó a fondo el pedal del freno y encadenó varios volantazos hasta que consiguió detener el vehículo sobre el arcén.
    Ángela se despertó por el vaivén brusco y exclamó sobresaltada:
   —¿Pero qué está pasando?
   Simón soltó el cinturón de seguridad y se revolvió sobre su asiento. Miró perplejo a Beatriz, que le agarraba la manga de la camisa mientras preguntaba una y otra vez por su marido:
   —¡Dímelo de una vez! ¿Qué le ha ocurrido?
   —No… no sé qué decir. No he parado desde que salimos de aquel restaurante… miraba la carretera… Dormíais...
   —¡Mentiroso! ¿Qué le has hecho?
   —¡Cálmate hermanita! —intervino Ángela una vez comprendió la situación—. ¿Habéis llamado a su móvil?
   Como un resorte, Beatriz cogió el bolso y sacó el teléfono. Deslizó el dedo sobre la pantalla.
   Pero el aparato no se encendió.
  —¡Malditos móviles! —dijo mientras agarraba el manubrio de la puerta—. Voy a buscarlo.
  —¡Espera Bea! Vas a conseguir que te atropellen. ¿No ves lo oscuro que está? —repuso Ángela—. Vamos a probar con los nuestros, Simón.
  Los tres ocupantes se enfrascaron con sus teléfonos. De la sutil presión inicial de sus yemas pasaron a aporrear las pantallas cuando éstas permanecían tozudamente negras. Pasados unos instantes, levantaron impotentes la vista, mirándose unos a otros sin saber qué decir o qué grito dar.
  —No perdamos la cabeza. Volvamos al restaurante. Lo único que puede explicar que no esté es que no llegara a montarse en el coche —dijo Ángela echándose hacia atrás el cabello.
  —¡Pero qué bobada dices! ¡Me he dormido sobre su hombro! —gritó Beatriz.
  —¡Pues no va a desaparecer así como así! ¿Qué otra explicación puede haber?
  —Eso pregúntaselo a tu marido.
  —Cállate —conminó Simón mientras giraba la llave del coche y el motor volvía a arrancar.
  —Sí, me callo —musitó Beatriz recostándose en el asiento.
  El coche giró ciento ochenta grados y reanudó la marcha. Los faros volvieron a iluminar las líneas blancas de la calzada; en contraste, las siluetas de los árboles que se encontraban a los lados de la carretera se fundían en la oscuridad de la noche.
  A la entrada de una curva, una espesa niebla los envolvió. Simón redujo la velocidad, casi al paso de un hombre.
  —¿De dónde ha salido? —preguntó Ángela.
  —Parece humo —observó Beatriz—. Puede ser un accidente. Dios mío, ¿pero qué sucede esta noche?
  —Deberíamos parar y echar un vistazo, Simón. Alguien podría necesitar ayuda.
  —No voy a detener el coche en mitad de una curva. No será nada. Mira, ya escampa.
  —Tienes a todo un samaritano por marido, hermana.
  —¿Pero a ti qué te pasa con Simón? ¿De verdad crees que tiene algo que ver con la desaparición de Guillermo?
  —Sí.
  —Estás muy nerviosa cariño. Él jamás le haría daño a nadie.
  —¿Oyes eso? —Beatriz se acercó al oído de Simón—. Dice que tú nunca le harías daño a nadie.
   Simón se limitó a señalar con el dedo las luces de neón del letrero que coronaba el restaurante donde cenaron esa noche. El coche tomó el desvío y se adentró en el camino que llevaba al recinto. Las farolas parpadeaban a su paso, como luces estroboscópicas que mostraban el paisaje fotograma a fotograma.
   El aparcamiento se encontraba vacío. Siguieron, despacio, hasta llegar a la zona más cercana a la entrada del restaurante. Simón giró la llave y el motor se paró.
   —No se ve luz en las ventanas y la puerta tiene la reja bajada —señaló Beatriz.
   —Son las dos de la madrugada. Debe estar cerrado —dijo Ángela mientras observaba el movimiento de las ramas de las moreras que rodeaban el recinto.
   —¿Pero estos restaurantes de carretera no abren toda la noche? —preguntó Beatriz—. Voy a bajar, alguien habrá dentro. —Cogió el manubrio y tiró de él, pero la puerta no se abrió. Lo intentó otra vez más, pero continuó cerrada.
   —Simón, no se abre. ¡Quita el seguro!
   —El seguro no está echado.
   Con un creciente frenesí, los tres ocupantes del coche tiraron de la manija de sus respectivas puertas sin conseguir que ninguna se abriera. Nerviosos, desconcertados, intentaron bajar las ventanillas apretando repetidamente el botón que las accionaba.
   Pero ningún mando respondió.
   Beatriz comenzó a golpear el vidrio, Ángela le gritó a Simón:
   —¡Es cosa de locos! ¡Abre las puertas ya!
   —El cierre se ha debido romper y solo pueden abrirse desde fuera —respondió mientras pulsaba el botón del cierre centralizado.
  —¡Mientes! —espetó Beatriz—. ¡Tú eres el que no nos deja salir! ¡Voy a llamar a la policía! —Cogió su teléfono que se encontraba sobre el asiento. Pasó el dedo por la pantalla pero, como antes, permaneció apagado. Lanzó un grito de desesperación y comenzó a golpear a Simón en la cabeza.
  —Por favor, Bea —exclamó Ángela tratando de controlar las brazadas de su hermana—, todos queremos salir de aquí y encontrar a Guillermo.
  —Tú no conoces a tu marido —respondió echándose sobre el asiento.
  —¡Cállate de una vez! —Esta vez fue Simón quien se revolvió sobre el respaldo y estiró los brazos, apresando con las manos el rostro de Beatriz—. ¡Cállate zorra!
  —¡Vas a hacerle daño! ¡Suéltala! —rogó Ángela mientras intentaba separar las manos de su marido del cuello de su hermana.
  —¡Cerdo! No vales nada ¡Me oyes! ¡Nada! —increpó Beatriz cuando logró zafarse—. ¡Jamás hubiera estado contigo!
   —¿Qué… qué estás diciendo? —balbuceó Ángela.
  —¿Se lo digo yo, Simón? ¿Le repito a mi hermana lo que me suplicaste la noche que anuncié mi boda? ¿Cómo era? ¡Ah, sí!: «No te cases con Guillermo, ven conmigo… es a ti a quien siempre he deseado… Dejaré a Ángela… él no te merece». —Beatriz se pasó la mano por la boca—. Lo odiabas.
   —Cariño, dime que no es verdad —le inquirió Ángela a su marido con ojos llorosos.
   Simón que se había vuelto en el asiento, apretaba pausadamente el botón del cierre centralizado del coche con la mirada perdida en el salpicadero.  Ángela se llevó las manos a la cara.
   El silencio se instaló en el coche durante unos segundos eternos.
   —Vámonos, son las dos de madrugada y aquí no va a venir nadie —masculló finalmente Ángela—. Volvamos a la carretera, habrá algún pueblo cerca donde pedir ayuda.
   El coche reinició la marcha, dejó atrás el restaurante y se adentró de nuevo en la oscuridad de la carretera. Las líneas blancas de la calzada volvieron a sucederse una tras otra.
   Al llegar a la curva que antes se encontraba solapada por el humo, observaron un coche de policía detenido en el arcén con las luces de emergencia encendidas.
   —¡Para, para! —gritaron las dos hermanas
   Simón, sin dejar de mirar al frente, aceleró. Ángela y Beatriz se abalanzaron sobre él; exigiéndole, rogándole, que detuviera la marcha.
   —¡Lo sabía! ¡Lo has matado! —Beatriz volvió a golpear y arañar el rostro impasible del conductor.
  El coche, tras recorrer unos metros, comenzó a reducir su velocidad.
   —Allí está Guillermo —señaló Simón apuntado con el dedo índice una figura que se encontraba detenida en el arcén.
   Las dos hermanas clavaron los ojos en la silueta iluminada por la luz de los faros. El coche se detuvo a su lado. Guillermo tenía la mirada perdida, ausente a cuanto lo rodeaba.
   —Cariño, ¿pero dónde has estado? —le preguntó Beatriz con la nariz pegada a la ventanilla.
    Guillermo bajó la vista. Acarició el vidrió a la altura de la cara de su esposa y agarró el picaporte. Abrió y, sin decir palabra, se sentó en el asiento trasero.
   —¡Háblame! ¿Qué te ha pasado? —insistió Beatriz mientras le abrazaba y besaba en los labios.
   —No lo sé… abrí los ojos, vi las estrellas. —Guillermo miró tras la ventanilla—. Recuerdo humo, fuego… y, de repente, habéis aparecido en el coche.
   —No te preocupes, mi vida. Ya ha pasado todo —concluyó Beatriz atrayendo a su regazo la cabeza de Guillermo, después se dirigió a Simón y Ángela—. Yo… lo siento.
  —Ya está todo dicho. Son las dos en punto de la madrugada —respondió su hermana—. Durmamos otra vez, todavía podemos llegar al hotel a la hora del desayuno.
    El coche desapareció en la oscuridad de la noche como una suave brisa de verano.
***
   A unos metros, bajo el talud de aquella curva, un policía cerró los párpados del cadáver. Cogió el transistor y llamó a las oficinas centrales:
  —Soy el agente Márquez… Sí, por el accidente de las dos de la madrugada… Decid a la ambulancia que no corra: el único superviviente ha fallecido ya… Correcto, los otros tres ocupantes ya estaban muertos cuando llegué.

David Rubio Sánchez


31 comentarios:

  1. Me encanta como llevas el suspenso durante todo el relato. Te atrapa desde el comienzo queriendo llegar al final. Muy bueno. Me gustó. Saludos.

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    1. Gracias, Mendiel por tu amable comentario. Saludos!

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  2. Caramba. Quizá se trate de un "coche fantástico" pero con otro tipo de accesorios. ¿Quizá tenga un portal hacia otra dimensión?
    Brevísimo y buenísimo.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Josep. ¿Quién no ha deseado tener uno? Bueno, al final se descubre la razón. Un abrazo

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    2. Pero caramba, David, si resulta que solo había leído el primer fragmento. No me había percatado que la historia continuaba, jajaja. Interpreté que era un micro. De ahí lo de brevísimo. Cuando has mencionado que al final se descubre la razón, yo he descubierto mi craso error.
      Después de leerlo completo, puedo añadir que lo fantástico no es el coche sino toda la historia. El último en morir se incorpora al grupo "fantasma". Muy bueno, me ha encantado como has llevado los diálogos, cada vez más agrios y estresantes, como lo situación misma.
      Ahora solo me pregunto si en la "otra vida" se enzarzarán en otra discusión: sobre el deseo que sintió Simón por Beatriz.
      Un abrazo.

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    3. ¿Quién sabe? Je,je,je... Gracias por pasar Josep. Un abrazo

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  3. Buen ritmo narrativo de principio a fin, David, con la dosis justa de suspense para enganchar.

    Un abrazo.

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    1. ¡Gracias Jonh! Dosificar la información es básico para el suspense, en relatos cortos es difícil, dado que el suspense necesita su tiempo para cuajar. Un fuerte abrazo de vuelta!

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  4. También coincido con las opiniones de mis compañeros y contertulios: Mendiel y Jonh, has narrado una intrigante historia donde el elemento mágico no pierde la coherencia y logra darle se ambiente de misterio a la historia.

    ¡Un cordial saludo!

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  5. Un suspense que atrapa al lector, me gusta mucho como has desarrollado la historia, con toda esta incomprensión.
    Se asemeja a la película Los Otros, por la visión de no ser conscientes de la propia muerte.
    Muy bueno, David.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Irene. La idea se me ocurrió en el balcón, de noche. ¿Qué podría suceder para que una persona desapareciera de un coche en marcha? El desarrollo me llevó ahí. También El sexto sentido plantea esta idea. Un abrazo!

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Brutal relato, David. Digno de un episodio de "En los Límites de la Realidad". Alucinante microcosmos en el interior de un auto, diálogos fantásticos, muy creíbles, una atmósfera totalmente atrapante, y un desenlace perfecto, demoledor.
    Me ha fascinado.
    ¡Abrazo, compañero!

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    1. Me encanta el símil, Edgar. Me encantan esas series Twlight zone, o aquellos comics antiguos que en episodios cortos te contaban historias con finales que te dejaban sin habla. Un fuerte abrazo de vuelta!

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  7. Te felicito de nuevo por la historia, David, ya lo había leído y, la verdad es que consigues transmitir la sensación de que "está pasando algo" y además consigues darle la vuelta a lo que se figura el lector al respecto. Tu relato recuerda mucho a la película de Alejandro Amenábar "Los otros".

    Una cosa: ¿La ilustración también es tuya? Me parece muy logrado el dibujo. Felicidades y un abrazo, David.

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    1. ¡Hola Manoli! La verdad es que este relato siempre ha gustado desde que lo publiqué en El Relato del Mes, donde te conocí... Sí, todos los dibujos que acompañan mis relatos son míos, es algo que me he propuesto en este nuevo blog. De esa manera me obligo a dibujar. Es trabajo doble pero creo que merece la pena, así utilizo la imagen que he pensado. Espero que vayan mejorando. Ahora he descubierto cómo pasar el dibujo, una vez escaneado, a vector para ir jugando con los colores. ¡Es increíble la cantidad de recursos gratuitos que ofrece internet! Un día reuniré en un post los programas que uso. Un abrazo!!

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  8. Cada vez que lo leo me estremece. ¡Felicidades!

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    1. ¡Gracias, Fernando! Un placer contar con tu lectura y comentario.

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  9. Discúlpame, David, se me coló el comentario en mitad de los otros, por eso voy a volver a escribirlo.
    Te decía que admiro esa capacidad multidisciplinar que tienes. Dibujas muy bien, ya había visto alguna de tus ilustraciones (en la red de Falsaria) y me gustan mucho tus dibujos. A mí se me da pésimo dibujar, aunque de niña me gustaba mucho pero no es lo mío, jaja

    Respecto a lo que dices de los recursos y programas que ofrece la red, la verdad es que para mí, que siempre estoy luchando con la tecnología, es todo un mundo que descubrir...

    Un abrazo y un besazo, compañero. ;)

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  10. ¡Me encantó David! Me tuviste pegada a la pantalla con todo ese suspense. Gran historia y muy bien contada. Saludos.

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    1. Gracias, Iris. Lo mismo me pasa con tus artículos en tu blog. Saludos

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  11. ¡Genial, David! He estado en vilo desde la primera línea. Aunque sabía que sería toda una sorpresa, no me esperaba el final. Imaginaba que tendría mucho que ver con la policía, pero no de esta forma. ¡Me encantan los relatos con tanto misterio! Un abrazote

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    1. Un día se me ocurrió la manera que pudiera justificar que alguien pudiera desaparecer de un espacio reducido y, además, en marcha. Tarde como un mes en darle vueltas hasta que se me ocurrió esta posibilidad. Un abrazo

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  12. ¡Genial, David! He estado en vilo desde la primera línea. Aunque sabía que sería toda una sorpresa, no me esperaba el final. Imaginaba que tendría mucho que ver con la policía, pero no de esta forma. ¡Me encantan los relatos con tanto misterio! Un abrazote

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  13. David, no me canso de repetir que este tipo de relatos los bordas mantienes al lector en vilo hasta el final. La escena es terrorífica y la historia nos lleva al origen del accidente. No le falta detalle,todo lo que sucede se puede ver de forma transparente.
    Te felicito .
    Besos David.
    Puri

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    1. Gracias, Puri. Un placer contar siempre contigo. Un besazo

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  14. Buenísimo. Se me hizo muy del estilo de las historias de Stephen King, los conflictos de los personajes, la bruma y el misterio.
    Un gusto pasar por acá a leer.
    ¡Saludos!

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    1. El gusto es mío por contar con tu lectura. Gracias por leer, comentar y compartir. Un abrazo

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  15. Que emocionante y atrapante tu relato. El suspenso me mantuvo en la carretera equivocada, pero el final sorpresivo, me guió nuevamente al camino original. Pensé que había gato encerrado por infidelidad. !Vaya giro de tuerca! Me encanto.
    Saluditos

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