miércoles, 5 de octubre de 2016

EL JINETE DE ABULABBAS

"BLOG DE RELATOS", "CARLOMAGNO", "ABULABBAS","ELEFANTE BLANCO", "DAVID RUBIO SANCHEZ"



       La misma luna que una vez contempló nuestro amor, ahora es testigo mudo de mi marcha. 

       Muchos son los años que han pasado desde que vi por primera vez el palacio de Aquisgrán. Montaba a lomos de Abulabbas, el elefante blanco, escoltado por la embajada que mi señor, el califa Harun al-Raschid, dispuso para hacer entrega de valiosos regalos a su aliado, y amigo, el emperador Carlos. Todavía resuenan en mis oídos los vítores de los villanos al contemplar a un animal nunca visto en Occidente.

        Iluso de mí, creí que el viaje de cinco años terminaba y podría regresar a Bagdad para casarme con Judith, pero tras ser recibidos por el emperador, este me ordenó quedarme. Los médicos de palacio le informaron que nadie en todo el Sacro Imperio poseía los conocimientos para alimentar o sanar a semejante animal y yo era su cuidador desde que nació. Imploré que en Bagdad me esperaba mi prometida. Pero fue en vano. Poseer el único elefante de toda Europa entusiasmó sobremanera al emperador quien, en compensación, prometió enviar a un emisario para que informara a Judith. Dijo que ello la llenaría de orgullo, puesto que no había mayor honor que servir al emperador de la cristiandad, así proclamado por el Papa.
        Aquella noche, y las que siguieron, las pasé llorando. Maldiciendo mi soledad en aquella fría tierra tan distinta a la mía, odiando a ese elefante al que un día decidí criar. «El nacimiento de una criatura albina es un mal augurio», advertían los ancianos de mi aldea. No les hice caso. Impedí su sacrificio.
          Y con ello condené mi vida.
         El día anterior a mi boda con Judith, un soldado del califa me ordenó partir con la embajada que iría a Occidente para ofrecer a Abulabbas, junto a otros regalos, a Carlos el Magno. «¿Por qué yo y mi elefante?», le pregunté. «Por judío y por albino», me respondió.
         Ahora que regreso a Bagdad, a lomos de este rocín, amparado en la oscura noche como un proscrito, podría echarle la culpa de mis males a mi fiel Abulabbas. Eso sería una buena excusa. Pero en la soledad que me acompaña en mi vuelta, no habría otro engañado que yo mismo.
          Y solo mi corazón infiel es el cupable.
         Una mañana mientras cepillaba a Abulabbas en la casa de las fieras, como así se llamó el recinto donde se guardaba en las afueras del Palacio, la mujer más hermosa que jamás vi se presentó ante mí. Vestía una camisola blanca y calzas. El viento acariciaba su larga melena rubia, coronada con guirnaldas de flores. Me observaba divertida desde el portón. Hablaba, pero entonces no entendía el idioma de estas tierras. Arremangó su camisola y cruzó el embarrado suelo como un nenúfar flotando sobre el rio. Me arrebató el cepillo. Comenzó a tararear una canción mientras lo pasaba por el blanco lomo de Abulabbas. Al terminar, se llevó la mano al pecho y me dijo su nombre: Gisela. Yo le dije el mío: Isaac.
         Sus visitas se repitieron día tras día. Pronto conocí que se trataba de la hija del emperador, pese a que su vestimenta difería tanto de la de sus altivas hermanas. Siempre lucía una sonrisa y no tenía reparos en juguetear con el elefante ni en enseñarme a hablar su idioma.
          Poco a poco, el recuerdo de Judith ya no apenaba mi corazón tanto como lo hacía arder la presencia de Gisela. ¿Tan frágil era mi amor? ¿Tan vacías mis promesas de fidelidad? No debía ser así, era necesario que volviera a Bagdad.
          Pero no podía hacerlo mientras Abulabbas viviera.
          Fue así que una noche vertí, en el barreño donde bebía, agua un preparado que lo haría morir. Sentí hastío al verle, confiado, acercándose para saciar su sed. Vi en sus ojos la mirada inocente de quien, sin saberlo, se iba convertir en la ofrenda para un sacrificio. ¡Acaso no era yo el único culpable de que mi corazón clamara por quedarse en Aquisgrán con Gisela! Yo era el que debía beber de esa agua. Corrí hacia el barreño, dispuesto a sumergir mi cabeza en él, pero Abulabbas lo volcó con su pata. Me abracé a él y él rodeo mi cuello con su trompa. Nunca sabré si fue un abrazo de redención, pero así lo tomé.
           Y llegó el día, en uno de los paseos que terminaban con Abulabbas bañándose en el Rin, en el que mi cuerpo de piel oscura se unió al de Gisela. Bajo la arboleda, yací con quien jamás sería mi esposa ni la madre de mis hijos. Tras consumar nuestro amor, tendidos sobre la verde hierba, me acariciaba el cabello. Observó mi mirada perdida en las nubes. «No pienses en lo que pasará, piensa sólo en amarme día a día», me dijo.
          Yo le hice caso.
          Me hizo saber el gran amor que su padre sentía por sus hermanos y, especialmente, por ellas. Tanto, que nunca las dejaba abandonar el Palacio sin él. Tampoco aceptaba desposarlas con ningún pretendiente, fuera de la alcurnia que fuera, con tal de poder verlas cada día. Por eso, sus hermanas, siempre con discreción, tenían encuentros con hombres de palacio, como lo hacía Berta con el poeta Angilberto.
          De la misma manera consumábamos nuestro amor: en recodos escondidos, a deshoras en las termas o incluso en su alcoba. Para no levantar sospechas entre la guardia llegué a explicar que los paseos nocturnos eran saludables para Abulabbas para contar con una justificación para poder deambular a mi antojo por el Palacio. Siempre, al cobijo del elefante, nuestras almas se desnudaban y compartíamos ilusiones rotas y deseos ocultos, como su anhelo por conocer las tierras que había más allá de Aquisgrán, por las que tanto me preguntaba, y que sólo podía conocer a través de sus maestros en la Academia palatina.
            Pero la felicidad no pertenece a los siervos, si no al antojo de sus señores. Llegó el día en el que el emperador quiso que fuera con Abulabbas a una guerra contra los normandos en tierras danesas. Quería utilizarlo como lo hacían los reyes persas. Traté de explicarle que los elefantes de guerra debían ser entrenados desde su nacimiento si quería que fueran útiles en la batalla. No me escuchó, como tampoco lo hizo años atrás.
            La noche anterior a mi partida hubo un eclipse de luna. Abrazada a mí, Gisela lloró al creer que era una mala señal. Para consolarla, le expliqué que sólo era la consecuencia del movimiento de las esferas celestes, como postuló el griego Tolomeo según me explicó un sabio en Bagdad.
           Otra vez hice caso omiso a los augurios.
           Cuando regresamos a Aquisgrán, cinco años después, lo hicimos sin Abulabbas. No fueron las flechas del enemigo quienes lo mataron, si no el frío al que mi señor le obligó a enfrentarse. Gisela seguía tan hermosa como la conservaba en mis recuerdos. Tras llorar la muerte del elefante, nos amamos por última vez. El emperador me había ordenado regresar a Bagdad. Me felicitó por el servicio prestado, pero muerto el elefante no había motivo para quedarme en Aquisgrán.
           O, al menos, ninguno que pudiera decirle.
           Gisela me convenció para huir del palacio. ¡Como si nuestro amor fuera suficiente ante un imperio! Quedamos en la casa de las fieras, una vez pasada la medianoche. Ya tenía recogidas mis provisiones, y preparado el caballo, pero no apareció la bella figura de Gisela, si no la regia presencia del emperador. Por su mirada, comprendí que se había enterado de nuestros planes. Se quedó de pie sin decir nada. Su figura alta y poderosa me hacía más pequeño mientras trataba de que comprendiera cómo era mi amor por su hija. Estuvo escuchándome, con la mirada fija en mí y la mano apresando con fuerza su espada, hasta que me dijo: «Como hombre entiendo tu proceder; pero, como emperador, nunca consentiré que un siervo judío se despose con una hija mía; y, como padre, jamás soportaría que Gisela abandonara Aquisgrán».
           Me ordenó que montara el caballo y marchara. También me dijo que no debía temer por mi vida.
           Como si una espada, por afilada que sea su hoja, pudiera matarme con mayor crudeza que el hecho de que jamás pueda volver a verla.


David Rubio Sánchez

11 comentarios:

  1. fantástico relato, David. Me cautiva el uso tan diferente que haces aquí y tan en consonancia con la época y tipo de narración. Esa versatilidad tuya es algo que admiro.

    Un hermoso texto, con un tono poético que se disfruta.

    Un abrazo.

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    1. Gracias, Manoli. Habrás comprobado que este es un relato muy extraño para lo que suelo escribir. No soy demasiado florido en las frases, intento que el lenguaje no entorpezca a la historia, sino que fluya con ella. Este relato lo escribí después de leer una biografía de Carlomagno escrita por Eginardo, imagino que se me pegó algo. Abrazo de elefante de vuelta!

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Efectivamente se nota que te debió dejar impactado dicha biografía de Carlomagno porque el lenguaje así como el tipo de historia que has elegido concuerdan bastante con ese tipo de textos de época. De todas formas la historia está bastante bien estructurada, llena de romanticismo y una intriga que la mantienes perfectamente hasta el final, aunque ya me hacía suponer que no acabaría nada bien con ese emperador tan celoso con la vida sentimental de sus hijas.
    En general una historia muy amena que se lee de un tirón.
    Un cordial saludo.

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    1. Es un relato antiguo y rara avis en mis relatos, así que no esperes mucho más romanticismo por aquí, je,je,je.... Sí, soy apasionado de la Historia hasta la Alta Edad Media. Un fuerte abrazo, Estrella

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  4. Hola David.

    Pues efectivamente, hay lecturas que motivan y mueven los resortes de la inspiración trayendo como resultado historias como ésta, construida a partir de algunos datos de la biografía a la que haces referencia en tu respuesta a la primera comentarista que interviene.

    Algo parecido ocurre con el cine, algunas escenas nos motivan a escribir una propia a partir de las emociones que transmiten los actores mientras interpretan el guion. Yo suelo usar ambas cosas, cine y literatura, para fomentar la creatividad.

    Un relato con aires de aventura y romanticismo, muy ameno en su lectura.

    Un abrazo.

    Espero por el siguiente relato.

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    1. Hola John. Así, entre nosotros, hay lecturas inspiradoras, como esta, pero te aseguro que las que más ideas me despiertan son las novelas malas, las películas mediocres... La razón: ofrecen puntos de partida mal aprovechados, indican un camino pero sin concretar. Y ello me motiva a preguntarme ¿Y si se contara de otra manera? ¿Y si se cambiara este personaje por otro? ¿Y si? Preguntas que las buenas historias no provocan al ser un producto terminado.
      Muchas gracias por comentar, John. ¡Abrazo de vuelta!

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  5. Me ha parecido como si estuviera leyendo un cuento de Las mil y una noches. Una narrativa muy cuidada y espléndida. Y como historia de amor, casi todo un clásico.
    Encantado de haberte leído.
    Un saludo.

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    1. Gracias, Josep. No creo que sea para tanto... El relato tiene ya unos años y es muy extraño en mi narrativa. No suelo adornar tanto mis historias y suelo utilizar más diálogos y un tono un poco más oscuro. Gracias por pasar!!! Saludos

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  6. ¡Hola! ¡Qué precioso relato! Muy triste el destino del protagonista, pero si me llegó fue Abulabbas, lloré con ese abrazo que le dio con la trompa T^T sublime.

    ¡Un abrazo!

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    1. Gracias, Roxana. La verdad es que este fue uno de los primeros relatos que escribí y tanto el género como la temática está muy alejada a lo que suelo escribir. Me alegro de que te haya gustado. ¡Un abrazo!

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